Después de muchos años, el pasado verano, acompañado de mi mujer, mi cuñada (una hermana suya) y mis hijos volví a visitar Grecia.
Ana María, mi mujer, tenía una enorme ilusión en visitar lo que suele llamarse “la cuna de nuestra civilización”, calificativo este que, no por extremadamente manido y posiblemente algo cursi, deja de ser una indiscutible verdad.
Mis ganas de volver allí no eran menos intensas que las de mi esposa, entre otras cosas porque, a pesar de haber visitado ya aquellas tierras hace una veintena larg de años, desde que inicié mis estudios en el Seminario de Alcorisa, Roma y Grecia, el Latín y el Griego, entraron a formar una parte importantísima de mi vida, no sólo cultural, sino también profesional ya que actualmente me gano la vida enseñando el Latín y el Griego en “esta santa casa” (y lo de santa, “sagrada”, lo pongo conscientemente en el sentido más etimológico de la palabra) .
Posiblemente esas enormes ganas, esas tremendas ilusiones fueron las culpables de que la visita no resultara tan gratificante como yo esperaba. Sí que colmó todas o casi todas las expectativas de mi mujer, pero nó las mías.

