Departamento de Latín del IES Benjamín Jarnés

junio 27, 2007

La mujer en la antiguedad.

Filed under: Vida cotidiana — latinbj @ 8:38 am

20070319220000-mujer-2.jpgAunque la literatura griega está llena de heroínas: Antígona, que desobedeciendo órdenes, dio sepultura a su hermano Orestes; Penélope, la esposa fiel de Ulises que durante más de 20 años esperó su regreso; Alcestes, que ofreció su vida para salvar la de su esposo, etc. etc., la situación de la mujer en la vida real era muy diferente.

En Esparta, los espartanos criticaban a Licurgo, legislador, por no haber sabido dominar a las mujeres, debido a la excesiva libertad de que, en su opinión gozaban. Las muchachas espartanas practicaban, al igual que los jóvenes, ejercicios gimnásticos y eran las únicas en toda Grecia que podían asistir a los Juegos Olímpicos; en las fiestas de Hora efectuaban carreras en las que se premiaba a la vencedora con una rama de olivo. El trato entre ambos sexos era muy libre y en todas las fiestas participaban las jóvenes con sus cantos, danzas y juegos. Una vez casada, se encargaba del gobierno de la casa, sin quedar recluida en ella, como la ateniense.

En Atenas la mujer carecía de derechos políticos y jurídicos. En estos aspectos su situación era similar a la de un esclavo, aunque fuera la dueña que dirigiera y gobernara la casa con autoridad, cuyo símbolo eran las llaves.

Desde su infancia permanecía recluida en casa y tenía que vivir lejos de las miradas de los hombres incluso de los de su familia. Su educación estaba siempre al cargo de una mujer y lo único que aprendía eran actividades “propias de su sexo”, como cocinar, bordar, tejer la lana, etc. Algunas más afortunadas, algo de música, lectura, etc.

Se casaba a edad muy temprana y era su dueño o tutor quien elegía el marido. El fin primordial del matrimonio era el de tener hijos. Una vez casada, la mujer pasaba a ocupar los lugares destinados a ella, el gineceo, de donde casi nunca salía y cuando lo hacía era en compañía de una esclava. Las de clase más humilde tenían, en este aspecto, una ventaja sobre las de las clases más altas, ya que al no disponer de esclavos o esclavas que les hicieran la compra, ir a buscar agua (entonces no había agua corriente) o cualquier otro trabajo, eran ellas mismas las que tenían que salir para hacerlo (y de paso echar una charradita con las vecinas).

Únicamente podían salir de casa en los acontecimientos familiares y en las fiestas religiosas. No podían asistir a los juegos públicos pero sí al teatro. Vivía totalmente alejada de la vida social de su marido e incluso cuando éste invitaba a sus amigos a su casa, la mujer no solía aparecer por la sala del banquete.

Tras las guerras del Peloponeso (432-404 a.C.) la situación de la mujer ateniense mejoró bastante y las costumbres se hicieron más libres, a imitación de las mujeres espartanas.

En Roma se casaba a edad muy temprana (contrariamente al hombre, sobre todo en la época del Imperio, que solía hacerlo rondando los 30 años, por lo que había una notable diferencia de edad entre marido y mujer) y en la mayoría de los casos el matrimonio estaba concertado por sus padres. Una vez casada colaboraba activamente en la dirección de la casa.

El matrimonio podía ser, fudamentalmente de dos formas:

- En el matrimonio “cum manu” la esposa dejaba su unidad familiar y la potestas del padre para pasar a la de su esposo. La dote y las propiedades de la esposa pertenecían por completo al esposo.

-En el matrimonio “sine manu”, por el contrario, la mujer pertenecía a la familia y “potestas” del padre, además participaba en el régimen de propiedad de su familia natal. El esposo no tenía ningún derecho sobre la mujer (lo tenía el padre), pero tampoco tenía ninguna obligación, ni siquiera de mantenerla. La mujer tenía, pues, notable independencia jurídica sobre su esposo (aunque en la práctica no lo fuera tanto). Este tipo de matrimonio fue el que se impuso finalmente por lo que, al menos teóricamente, se avanzó hacia la igualdad en la situación legal y social de hombres y mujeres al desaparecer la tutela del marido sobre la esposa. No cambió, sin embargo, el papel fundamental de la mujer dentro del matrimonio, y que fue, como ya sabemos, excepto muy pocas excepciones, el de llevar las tareas del hogar, a diferencia del marido que era quien trabajaba fuera de casa.

Con el tiempo, afortunadamente pues, se fueron equiparando los derechos del esposo y la esposa hasta llegar a ser no una, sino dos entidades económicas distintas y gozar la mujer de independencia jurídica completa en lo concerniente a tener propiedades tras la muerte de su padre.En la Edad Media se cambió, pues era inaceptable para entonces la falta de autoridad del esposo sobre su mujer.

La mujer romana, casada o no, permanecía siempre bajo la tutela de un varón: su padre, su marido o cualquier familiar (hermano, tío, etc.) cuando, divorciada, volvía al hogar del padre si éste había muerto.

Solía participar con su marido en las obligaciones que la vida social les exigía. Compartía con su marido la autoridad sobre los hijos y lo sirvientes y aconsejaba a su marido en todo. Las mujeres de familia rica tenían más libertad de movimientos: salían de casa libremente y podía asistir a reuniones y banquetes en los que, en los primeros tiempos de la República debía permanecer sentada, a diferencia de los hombres que estaban recostados. Tampoco podían beber vino seco, sino que sólo podían beber una mezcla de vino con miel llamada mulsum. Podría decirse que el grado de libertad de que gozaba una mujer estaba en relación directa con su riqueza y con su categoría social: las mujeres pudientes tenían bastante independencia, sobre todo si eran viudas. Las esposas de los emperadores y senadores solían ejercer mucha influencia desde la sombra. En el otro extremo de la escala social, muchísimas mujeres eran esclavas, en una gradación que iba desde las doncellas hasta las mozas de labranza.

En un principio no podía asistir a los espectáculos públicos. Con el tiempo pudo hacerlo, incluso participar en ellos.

La mujer alcanzó a partir del S. I una emancipación que podríamos llamar completa en algunos aspectos de la vida. Pero hay muchos campos que le siguieron vedados:

En el campo jurídico tenía prohibido ser juez, abogado, etc. Incluso legalmente le estaba prohibido ser banquera. Podían dedicarse a varias profesiones (se sabe de una mujer que fabricaba lámparas), como peluqueras profesionales, comadronas, dueñas de tiendas, etc. , pero no era frecuente que lo hicieran ni tampoco eran muchas las profesiones a las que podían acceder.

En el religioso únicamente tenía acceso al cargo de vestal, sacerdotisa encargada de mantener vivo el fuego de la diosa Venus, diosa del hogar.

En el terreno político la mujer no poseyó ninguna clase de derechos. Los autores clásicos siempre recurren al mismo argumento para justificar esta discriminación: infirmitas feminarum (debilidad de las mujeres).

Con todo, y sin que fuera una situación ideal, la diferencia de la situación de la mujer en Grecia y en Roma es grande y siempre a favor de la mujer romana: no permanecía como aquella en el gineceo sino que acompañaba a su marido, se le cedía el paso en la calle, no se le podía tocar ni citándola a justicia, asistía a banquetes y espectáculos, etc. etc.

Se ha escrito mucho de la mujer romana y de sus costumbres (sobre todo de sus vicios). Más adelante veremos varios ejemplos, pero, ante esto debemos tener en cuenta dos cosas: 1º que no todas las mujeres de Roma podían llevar (aunque lo hubieran querido) una vida licenciosa , de orgía y desenfreno, de “marcha total” y con un amante cada día, y 2º que la historia nos ha dado a conocer la vida precisamente de esas mujeres y no la historia callada, abnegada y familiar de las madres humildes como las nuestras. Sería como comparar la vida de nuestras madres, de las mujeres de nuestros pueblos y la vida de las mujeres de la “yet” de Marbella. Con todo, leyendo los relatos de la historia de Roma que han llegado hasta nosotros uno se queda con la impresión de que la mujer romana no era una mujer vulgar, ni mucho menos. Era una mujer de gran temperamento, fuerte, “de armas tomar”, capaz de lo mejor y de lo peor, capaz de participar en intrigas, de gobernar el Imperio desde la sombra, de cometer o mandar cometer asesinatos, envenenamientos, capaz de perpetrar incesto y de contar sus amantes por docenas (como Mesalina, Agripina, Popea o tantas otras) y por otra capaz, como veremos de protagonizar actos de una valentía o actos de una sensibilidad fuera de lo común.

A nivel general se puede decir que la situación y forma de vivir de la mujer en Roma cambia radicalmente de los primeros años de la República a los del Imperio. A medida que va tomando más importancia para el pueblo romano las riquezas y el placer, se pasa de una vida familiar, austera, de trabajo en casa y de fidelidad al marido a una vida disipada, de búsqueda del placer y de los escándalos, del adulterio, crímenes, abortos voluntarios, envenenamientos, ventas de criaturas, etc. etc. El texto que pongo a continuación de Séneca (famoso filósofo, preceptor y ministro de Nerón, nacido en Hispania, en Corduba concretamente) nos da una idea de la situación a que se había llegado en lo referente a la relajación costumbres en materia sexual:

“¿Es que hay todavía alguna mujer que se avergüence al ser repudiada, después de que algunas damas, de linaje noble e ilustre, cuentan sus años no por el número de los cónsules sino por el de sus maridos, y se divorcian para casarse y se casan para divorciarse? Eso infundía respeto mientras era cosa rara; más tarde, como no había página en las actas (del senado, de los sacerdocios y colegios) sin un divorcio, aprendieron a hacer lo que no cesaban de oír. ¿Hay ya vergüenza alguna en cometer adulterio, una vez que se ha llegado al extremo de que ninguna mujer tenga marido sino para excitar al adúltero? La castidad hay día es prueba de pusilanimidad. ¿Qué mujer encontrarás tan miserable y consumida que se contente con un par de adúlteros, y que no les divida las horas del día? Y no basta un día para todos, si no se ha hecho conducir en litera con uno y ha pasado la noche con otro. Es vulgar y anticuada la que no sabe que el matrimonio es vivir con un adúltero.”

 

Comparando una época y otra, el poeta Juvenal, que vivió a finales del S. I. d.C. y principios del S. II. d. C., escribió:

“En la época heroica, Alcestes dio la vida por su esposo. Si las mujeres de nuestro tiempo tuvieran que escoger entre su marido y su perrito faldero, sacrificarían, sin duda, al esposo.”

 

Ejemplos de signo totalmente contrario y de una fuerza emotiva tremenda también los encontramos en abundancia y a lo largo de toda la historia de Roma. Como ejemplo os pongo otros dos. Uno de los más conocidos es el de una mujer, Arria. Su marido, Paetus, y su hijo estaban enfermos y al parecer los dos deshauciados. Un día el joven murió. Estaba dotado de una gran belleza y de una pureza espiritual no común, por lo que sus padres lo querían mucho más por sus virtudes que por el solo hecho de ser su hijo. Arria preparó los funerales de su hijo y condujo el cortejo fúnebre de manera que su marido no se enterara de nada. Al entrar en la habitación de Paetus, fingía que su hijo aún vivía, que se encontraba mejor; y como el padre le pidiera frecuentemente noticias, ella le respondía: “Ha descandado bien y ha comido con apetito”. Y dicho esto, luchando por contener el llanto tanto tiempo ahogado, salía de su habitación y se abandonaba a su dolor. Una vez se hartaba de llorar, se secaba los ojos, se recomponía el rostro y volvía a entrar, dejando, por decirlo de algún modo, su dolor en la puerta. Con este esfuerzo sobrehumano, Arria pudo salvar a su marido de la enfermedad que le había arrebatado a su hijo. Arria siguió a su marido a todos los sitios donde éste tuvo que ir debido a su dedicación, la política. Al cabo de unos años su marido fue condenado a muerte por el emperador Claudio. Para evitar una muerte indigna del marido a quien tanto amaba, ella cogió un puñal en las manos, se lo clavó en el pecho, y sacándolo, se lo ofreció a su marido animándole: “Paetus, no hace daño”, y ambos cayeron muertos abrazados.

El otro ejemplo lo tenemos en la elegía 11 del libro 3º de Propercio. En ella una difunta, de la orgullosa familia de los Cornelios, habla a Paulo, su esposo superviviente, rogándole que no llore por ella, puesto que de nada sirve a sus cenizas, que caben en el hueco de una mano, ni el llanto ni el noble linaje. La esposa le ruega que haga constar en el epitafio que ha sido la mujer de un solo hombre (univira), al que consagró toda su vida, desde que brillaron las antorchas de sus bodas hasta las de sus funerales, y ha formado con su esposo en vida una unidad sin quiebra ni tacha. El mismo César Augusto lloró junto a su sepulcro. Anima a su hija a que siga su ejemplo, queriendo solamente a un hombre. Y, dirigiéndose a su esposo, le ruega sea padre y madre para sus hijos; que ponga sus besos en cada abrazo que les dé, y que cuando sienta dolor, lo domine, y se acerque a sus niños con las mejillas secas. Si recibiera en casa una nueva esposa, recomienda a sus hijos que la acepten sin alabar demasiado a su madre difunta, para que sus palabras ingenuas no hieran a la madrastra. Pero si vuestro padre se contenta con el recuerdo y, sólo con él, hace frente a la vejez, entonces aprended a consolarlo y no permitáis que ninguna preocupación se acerque a su corazón solitario. Quiero que los años que me son robados a mí sean añadidos a vosotros para que vuestro padre pueda envejecer rodeado de sus hijos”.

 

Bonito ¿no?. Pues…..Fin.

Aunque la literatura griega está llena de heroínas: Antígona, que desobedeciendo órdenes, dio sepultura a su hermano Orestes; Penélope, la esposa fiel de Ulises que durante más de 20 años esperó su regreso; Alcestes, que ofreció su vida para salvar la de su esposo, etc. etc., la situación de la mujer en la vida real era muy diferente.

En Esparta, los espartanos criticaban a Licurgo, legislador, por no haber sabido dominar a las mujeres, debido a la excesiva libertad de que, en su opinión gozaban. Las muchachas espartanas practicaban, al igual que los jóvenes, ejercicios gimnásticos y eran las únicas en toda Grecia que podían asistir a los Juegos Olímpicos; en las fiestas de Hora efectuaban carreras en las que se premiaba a la vencedora con una rama de olivo. El trato entre ambos sexos era muy libre y en todas las fiestas participaban las jóvenes con sus cantos, danzas y juegos. Una vez casada, se encargaba del gobierno de la casa, sin quedar recluida en ella, como la ateniense.

En Atenas la mujer carecía de derechos políticos y jurídicos. En estos aspectos su situación era similar a la de un esclavo, aunque fuera la dueña que dirigiera y gobernara la casa con autoridad, cuyo símbolo eran las llaves.

Desde su infancia permanecía recluida en casa y tenía que vivir lejos de las miradas de los hombres incluso de los de su familia. Su educación estaba siempre al cargo de una mujer y lo único que aprendía eran actividades “propias de su sexo”, como cocinar, bordar, tejer la lana, etc. Algunas más afortunadas, algo de música, lectura, etc.

Se casaba a edad muy temprana y era su dueño o tutor quien elegía el marido. El fin primordial del matrimonio era el de tener hijos. Una vez casada, la mujer pasaba a ocupar los lugares destinados a ella, el gineceo, de donde casi nunca salía y cuando lo hacía era en compañía de una esclava. Las de clase más humilde tenían, en este aspecto, una ventaja sobre las de las clases más altas, ya que al no disponer de esclavos o esclavas que les hicieran la compra, ir a buscar agua (entonces no había agua corriente) o cualquier otro trabajo, eran ellas mismas las que tenían que salir para hacerlo (y de paso echar una charradita con las vecinas).

Únicamente podían salir de casa en los acontecimientos familiares y en las fiestas religiosas. No podían asistir a los juegos públicos pero sí al teatro. Vivía totalmente alejada de la vida social de su marido e incluso cuando éste invitaba a sus amigos a su casa, la mujer no solía aparecer por la sala del banquete.

Tras las guerras del Peloponeso (432-404 a.C.) la situación de la mujer ateniense mejoró bastante y las costumbres se hicieron más libres, a imitación de las mujeres espartanas.

En Roma se casaba a edad muy temprana (contrariamente al hombre, sobre todo en la época del Imperio, que solía hacerlo rondando los 30 años, por lo que había una notable diferencia de edad entre marido y mujer) y en la mayoría de los casos el matrimonio estaba concertado por sus padres. Una vez casada colaboraba activamente en la dirección de la casa.

El matrimonio podía ser, fudamentalmente de dos formas:

- En el matrimonio “cum manu” la esposa dejaba su unidad familiar y la potestas del padre para pasar a la de su esposo. La dote y las propiedades de la esposa pertenecían por completo al esposo.

-En el matrimonio “sine manu”, por el contrario, la mujer pertenecía a la familia y “potestas” del padre, además participaba en el régimen de propiedad de su familia natal. El esposo no tenía ningún derecho sobre la mujer (lo tenía el padre), pero tampoco tenía ninguna obligación, ni siquiera de mantenerla. La mujer tenía, pues, notable independencia jurídica sobre su esposo (aunque en la práctica no lo fuera tanto). Este tipo de matrimonio fue el que se impuso finalmente por lo que, al menos teóricamente, se avanzó hacia la igualdad en la situación legal y social de hombres y mujeres al desaparecer la tutela del marido sobre la esposa. No cambió, sin embargo, el papel fundamental de la mujer dentro del matrimonio, y que fue, como ya sabemos, excepto muy pocas excepciones, el de llevar las tareas del hogar, a diferencia del marido que era quien trabajaba fuera de casa.

Con el tiempo, afortunadamente pues, se fueron equiparando los derechos del esposo y la esposa hasta llegar a ser no una, sino dos entidades económicas distintas y gozar la mujer de independencia jurídica completa en lo concerniente a tener propiedades tras la muerte de su padre.En la Edad Media se cambió, pues era inaceptable para entonces la falta de autoridad del esposo sobre su mujer.

La mujer romana, casada o no, permanecía siempre bajo la tutela de un varón: su padre, su marido o cualquier familiar (hermano, tío, etc.) cuando, divorciada, volvía al hogar del padre si éste había muerto.

Solía participar con su marido en las obligaciones que la vida social les exigía. Compartía con su marido la autoridad sobre los hijos y lo sirvientes y aconsejaba a su marido en todo. Las mujeres de familia rica tenían más libertad de movimientos: salían de casa libremente y podía asistir a reuniones y banquetes en los que, en los primeros tiempos de la República debía permanecer sentada, a diferencia de los hombres que estaban recostados. Tampoco podían beber vino seco, sino que sólo podían beber una mezcla de vino con miel llamada mulsum. Podría decirse que el grado de libertad de que gozaba una mujer estaba en relación directa con su riqueza y con su categoría social: las mujeres pudientes tenían bastante independencia, sobre todo si eran viudas. Las esposas de los emperadores y senadores solían ejercer mucha influencia desde la sombra. En el otro extremo de la escala social, muchísimas mujeres eran esclavas, en una gradación que iba desde las doncellas hasta las mozas de labranza.

En un principio no podía asistir a los espectáculos públicos. Con el tiempo pudo hacerlo, incluso participar en ellos.

La mujer alcanzó a partir del S. I una emancipación que podríamos llamar completa en algunos aspectos de la vida. Pero hay muchos campos que le siguieron vedados:

En el campo jurídico tenía prohibido ser juez, abogado, etc. Incluso legalmente le estaba prohibido ser banquera. Podían dedicarse a varias profesiones (se sabe de una mujer que fabricaba lámparas), como peluqueras profesionales, comadronas, dueñas de tiendas, etc. , pero no era frecuente que lo hicieran ni tampoco eran muchas las profesiones a las que podían acceder.

En el religioso únicamente tenía acceso al cargo de vestal, sacerdotisa encargada de mantener vivo el fuego de la diosa Venus, diosa del hogar.

En el terreno político la mujer no poseyó ninguna clase de derechos. Los autores clásicos siempre recurren al mismo argumento para justificar esta discriminación: infirmitas feminarum (debilidad de las mujeres).

Con todo, y sin que fuera una situación ideal, la diferencia de la situación de la mujer en Grecia y en Roma es grande y siempre a favor de la mujer romana: no permanecía como aquella en el gineceo sino que acompañaba a su marido, se le cedía el paso en la calle, no se le podía tocar ni citándola a justicia, asistía a banquetes y espectáculos, etc. etc.

Se ha escrito mucho de la mujer romana y de sus costumbres (sobre todo de sus vicios). Más adelante veremos varios ejemplos, pero, ante esto debemos tener en cuenta dos cosas: 1º que no todas las mujeres de Roma podían llevar (aunque lo hubieran querido) una vida licenciosa , de orgía y desenfreno, de “marcha total” y con un amante cada día, y 2º que la historia nos ha dado a conocer la vida precisamente de esas mujeres y no la historia callada, abnegada y familiar de las madres humildes como las nuestras. Sería como comparar la vida de nuestras madres, de las mujeres de nuestros pueblos y la vida de las mujeres de la “yet” de Marbella. Con todo, leyendo los relatos de la historia de Roma que han llegado hasta nosotros uno se queda con la impresión de que la mujer romana no era una mujer vulgar, ni mucho menos. Era una mujer de gran temperamento, fuerte, “de armas tomar”, capaz de lo mejor y de lo peor, capaz de participar en intrigas, de gobernar el Imperio desde la sombra, de cometer o mandar cometer asesinatos, envenenamientos, capaz de perpetrar incesto y de contar sus amantes por docenas (como Mesalina, Agripina, Popea o tantas otras) y por otra capaz, como veremos de protagonizar actos de una valentía o actos de una sensibilidad fuera de lo común.

A nivel general se puede decir que la situación y forma de vivir de la mujer en Roma cambia radicalmente de los primeros años de la República a los del Imperio. A medida que va tomando más importancia para el pueblo romano las riquezas y el placer, se pasa de una vida familiar, austera, de trabajo en casa y de fidelidad al marido a una vida disipada, de búsqueda del placer y de los escándalos, del adulterio, crímenes, abortos voluntarios, envenenamientos, ventas de criaturas, etc. etc. El texto que pongo a continuación de Séneca (famoso filósofo, preceptor y ministro de Nerón, nacido en Hispania, en Corduba concretamente) nos da una idea de la situación a que se había llegado en lo referente a la relajación costumbres en materia sexual:

“¿Es que hay todavía alguna mujer que se avergüence al ser repudiada, después de que algunas damas, de linaje noble e ilustre, cuentan sus años no por el número de los cónsules sino por el de sus maridos, y se divorcian para casarse y se casan para divorciarse? Eso infundía respeto mientras era cosa rara; más tarde, como no había página en las actas (del senado, de los sacerdocios y colegios) sin un divorcio, aprendieron a hacer lo que no cesaban de oír. ¿Hay ya vergüenza alguna en cometer adulterio, una vez que se ha llegado al extremo de que ninguna mujer tenga marido sino para excitar al adúltero? La castidad hay día es prueba de pusilanimidad. ¿Qué mujer encontrarás tan miserable y consumida que se contente con un par de adúlteros, y que no les divida las horas del día? Y no basta un día para todos, si no se ha hecho conducir en litera con uno y ha pasado la noche con otro. Es vulgar y anticuada la que no sabe que el matrimonio es vivir con un adúltero.”

 

Comparando una época y otra, el poeta Juvenal, que vivió a finales del S. I. d.C. y principios del S. II. d. C., escribió:

“En la época heroica, Alcestes dio la vida por su esposo. Si las mujeres de nuestro tiempo tuvieran que escoger entre su marido y su perrito faldero, sacrificarían, sin duda, al esposo.”

 

Ejemplos de signo totalmente contrario y de una fuerza emotiva tremenda también los encontramos en abundancia y a lo largo de toda la historia de Roma. Como ejemplo os pongo otros dos. Uno de los más conocidos es el de una mujer, Arria. Su marido, Paetus, y su hijo estaban enfermos y al parecer los dos deshauciados. Un día el joven murió. Estaba dotado de una gran belleza y de una pureza espiritual no común, por lo que sus padres lo querían mucho más por sus virtudes que por el solo hecho de ser su hijo. Arria preparó los funerales de su hijo y condujo el cortejo fúnebre de manera que su marido no se enterara de nada. Al entrar en la habitación de Paetus, fingía que su hijo aún vivía, que se encontraba mejor; y como el padre le pidiera frecuentemente noticias, ella le respondía: “Ha descandado bien y ha comido con apetito”. Y dicho esto, luchando por contener el llanto tanto tiempo ahogado, salía de su habitación y se abandonaba a su dolor. Una vez se hartaba de llorar, se secaba los ojos, se recomponía el rostro y volvía a entrar, dejando, por decirlo de algún modo, su dolor en la puerta. Con este esfuerzo sobrehumano, Arria pudo salvar a su marido de la enfermedad que le había arrebatado a su hijo. Arria siguió a su marido a todos los sitios donde éste tuvo que ir debido a su dedicación, la política. Al cabo de unos años su marido fue condenado a muerte por el emperador Claudio. Para evitar una muerte indigna del marido a quien tanto amaba, ella cogió un puñal en las manos, se lo clavó en el pecho, y sacándolo, se lo ofreció a su marido animándole: “Paetus, no hace daño”, y ambos cayeron muertos abrazados.

El otro ejemplo lo tenemos en la elegía 11 del libro 3º de Propercio. En ella una difunta, de la orgullosa familia de los Cornelios, habla a Paulo, su esposo superviviente, rogándole que no llore por ella, puesto que de nada sirve a sus cenizas, que caben en el hueco de una mano, ni el llanto ni el noble linaje. La esposa le ruega que haga constar en el epitafio que ha sido la mujer de un solo hombre (univira), al que consagró toda su vida, desde que brillaron las antorchas de sus bodas hasta las de sus funerales, y ha formado con su esposo en vida una unidad sin quiebra ni tacha. El mismo César Augusto lloró junto a su sepulcro. Anima a su hija a que siga su ejemplo, queriendo solamente a un hombre. Y, dirigiéndose a su esposo, le ruega sea padre y madre para sus hijos; que ponga sus besos en cada abrazo que les dé, y que cuando sienta dolor, lo domine, y se acerque a sus niños con las mejillas secas. Si recibiera en casa una nueva esposa, recomienda a sus hijos que la acepten sin alabar demasiado a su madre difunta, para que sus palabras ingenuas no hieran a la madrastra. Pero si vuestro padre se contenta con el recuerdo y, sólo con él, hace frente a la vejez, entonces aprended a consolarlo y no permitáis que ninguna preocupación se acerque a su corazón solitario. Quiero que los años que me son robados a mí sean añadidos a vosotros para que vuestro padre pueda envejecer rodeado de sus hijos”.

 

Bonito ¿no?. Pues…..Fin.

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