Departamento de Latín del IES Benjamín Jarnés

Enero 16, 2008

Vuelta a Grecia.

Archivado en: Grecia — latinbj @ 3:49 pm

Después de muchos años, el pasado verano, acompañado de mi mujer, mi cuñada (una hermana suya) y mis hijos volví a visitar Grecia. 

Ana María, mi mujer, tenía una enorme ilusión en visitar lo que suele llamarse “la cuna de nuestra civilización”, calificativo este que, no por extremadamente manido y posiblemente algo cursi, deja de ser una indiscutible verdad. 

Mis  ganas de volver allí no eran menos intensas que las de mi esposa, entre otras cosas porque, a pesar de haber visitado ya aquellas tierras hace una veintena larg de años, desde que inicié mis estudios en el Seminario de Alcorisa, Roma y Grecia, el Latín y el Griego, entraron a formar una parte importantísima de mi vida, no sólo cultural, sino también profesional  ya que actualmente me gano la vida enseñando el Latín y el Griego en “esta santa casa” (y lo de santa, “sagrada”,  lo pongo conscientemente en el sentido más etimológico de la palabra) .

Posiblemente esas enormes ganas, esas tremendas ilusiones fueron las culpables de que la visita no resultara tan gratificante como yo esperaba. Sí que colmó todas o casi todas las expectativas de mi mujer, pero nó las mías.

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[El partenón en la Wikipedia]

(Blog de José María Andrés Sierra)

Noviembre 28, 2007

¿Zeus o Poseidón?

Archivado en: Grecia — latinbj @ 4:57 pm

Conocidísima fotografía de una escultura griega. Aunque ya impresiona viéndola de esta manera o en televisión, nada comparado a lo que se siente contemplándola al natural en el Museo Nacional de Atenas. He tenido la suerte de poder admirarla en dos ocasiones, separadas ambas en el tiempo por un lapsus de unos veinte años aproximadamente. La última este último verano (julio de 2007) en un crucero que pude disfrutar en compañía de mi familia. Por cierto, mi hijo mayor, José María, hizo un par de fotografías realmente interesantes de esta figura. Como todo el mundo sabe fue encontrada por unos pescadores cuyas redes de  pesca se “enredaron” en el fondo del mar con alguna de las partes de esta escultura, pudiendo, de esa manera, subirla a la superficie imagino que creyendo que  subían un pez de grandes dimensiones. Indudablemente pescaron “una buena pieza”.

Aunque en un principio se creyó que era una representación del dios Poseidón, todo parece indicar que se trata de una imagen dedicada a a Zeus. 

Junio 27, 2007

Poesía de Catulo.

Archivado en: Roma — latinbj @ 8:39 am

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Lugete, o Veneres Cupidinesque,Et quantum est hominum venustiorum.Passer mortuus est meae puellae,Passer, deliciae meae puellae,Quem plus illa oculis suis amabat:Nam mellitus erat suamque noratIpsam tam bene quam puella matremNec sese a gremio illius movebat,Sed circumsiliens modo huc modo illucAd solam dominam usque pipiabat.Qui nunc it per iter tenebricosumIlluc, unde negant redire quemquam.At vobis male sit, malae tenebraeOrci, quae omnia bella devoratis:Tam bellum mihi passerem abstulistis.O factum male! o miselle passer!Tua nunc opera meae puellaeFlendo turgidoli rubent ocelli. ¡Oh amores y anhelos,Y cuantos hombres existáis sensibles a la belleza,Lamentaos! Ha muerto el gorrión de mi amada,Su gorrión, deleite de mi niñaAl que cuidaba más que a sus propios ojos.Era más dulce que la miel y conocía a su dueñaTan bien como conoce una niña a su propia madre,Y, sin alejarse jamás de su regazo,Piaba sin cesar para nadie más que para ella,Mientras saltaba a su alrededor de acá para allá.Ahora marcha por un camino de sombras,Hacia un lugar del que se niega que exista retorno.Yo os maldigo, siniestras tinieblas del Orco,Que devoráis todo lo bello:¡Tan hermoso era aquel que me habéis arrebatado!¡Oh desdicha! ¡Pobrecillo pájaro!Ahora lloran por vuestra culpaLos enrojecidos e hinchados ojos de mi amada.

 Poema II. Catulo invita a Lesbia a vivir y a sentir con él el amor sin complejos y sin ataduras, ya que la vida es muy corta 

Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,Rumoresque senum severiorumOmnes unius aestimemus assis.Soles occidere et redire possunt;Nobis cum semel occidit brevis lux,Nox est perpetua una dormienda.Da mi basia mille, deinde centum,Dein mille altera, dein secunda centum,Deinde usque altera mille, deinde centum.Dein, cum milia multa fecerimus,Conturbabimus illa, ne sciamusAut ne quis malus invidere possit,Cum tantum sciat esse bassiorum. Vivamos, Lesbia mía, ¡amémonos!Y démosles el valor de un as[1]A los rumores de los ancianos severos.Los soles seguirán muriendo y volviendo a nacer;Pero, una vez que nuestra breve luz se apague,Sólo nos quedará una noche eternaQue habremos de dormir.Dame mil besos, y después cien,Y después otros mil y otros segundos cien,Y, sin parar, hasta llegar a mil más, y después cien.Finalmente, cuando nos hayamos dado tantos miles,Los dejaremos en el olvido, para no recordarlos,Y para que nadie sienta envidiaAl saber que entre nosotros hubo tantos besos.

 Poema III. Lesbia insulta y maldice a Catulo delante de su marido, pero ello no hace enfadar a Catulo, sino que es para él motivo de alegría, porque piensa que es la ira del amor. 

Lesbia mi praesente viro mala plurima dicit;Haec illi fatuo maxima laetitia est.Mule, nihil sentis. Si nostri oblita taceret,Sana esset; nunc quod gannit et obloquitur,Non solum meminit, sed, quae multo acrior est res,Irata est; hoc est, uritur et coquitur.  Lesbia me ha dicho las mayores injurias en presencia de su marido,Y ésta es la mayor alegría para él.¡Mulo, no sabes nada! Si ella callara, olvidada de lo nuestro, estaría bien;pero, dado que me insulta y me grita todavía,no sólo me recuerda, sino, lo que es mucho peor,que está enfadada conmigo, que aún arde y se consume.

 POEMA IV. Catulo arde de ira al ver a Lesbia con su marido, y un profundo malestar le invade. 

Ille mi par esse deo videtur,Ille, si fas est, superare divos,Qui sedens adversus identidem teSpectat et auditDulce ridentem, misero quod omnisEripit sensus mihi, nam simul te,Lesbia, aspexi, nihil est super miVocis in ore.Lingua sed torpet, tenuis sub artusFlamma demanat, sonitu suopteTintinant aures, gemina tegunturLumina nocte.Otium, Catulle, tibi molestum est;Otio exultas nimiumque gestis.Otium et reges prius et beatasPerdidit urbes.  Aquel me parece igual a un dios;Más, si es lícito decirlo, me parece que sobrepasa a los dioses,Aquel que, sentado frente a ti,Te observa y te escuchaMientras tú le sonríes dulcemente; a mí, desgraciado,Esto me arrebata todos los sentidos;Pues, en cuanto te veo, Lesbia, mis palabrasMueren en la boca,Mi lengua se entorpece y una tenue llamaInvade mis miembros, con su propio ruidoZumban mis oídos, y mis ojos se nublanCon redoblada oscuridad.El ocio, Catulo, no es bueno para ti;Con el ocio te alteras y te excitas en demasía,El mismo ocio que ya antes arruinóA tantos reyes y ciudades felices.

La mujer en la antiguedad.

Archivado en: Vida cotidiana — latinbj @ 8:38 am

20070319220000-mujer-2.jpgAunque la literatura griega está llena de heroínas: Antígona, que desobedeciendo órdenes, dio sepultura a su hermano Orestes; Penélope, la esposa fiel de Ulises que durante más de 20 años esperó su regreso; Alcestes, que ofreció su vida para salvar la de su esposo, etc. etc., la situación de la mujer en la vida real era muy diferente.

En Esparta, los espartanos criticaban a Licurgo, legislador, por no haber sabido dominar a las mujeres, debido a la excesiva libertad de que, en su opinión gozaban. Las muchachas espartanas practicaban, al igual que los jóvenes, ejercicios gimnásticos y eran las únicas en toda Grecia que podían asistir a los Juegos Olímpicos; en las fiestas de Hora efectuaban carreras en las que se premiaba a la vencedora con una rama de olivo. El trato entre ambos sexos era muy libre y en todas las fiestas participaban las jóvenes con sus cantos, danzas y juegos. Una vez casada, se encargaba del gobierno de la casa, sin quedar recluida en ella, como la ateniense.

En Atenas la mujer carecía de derechos políticos y jurídicos. En estos aspectos su situación era similar a la de un esclavo, aunque fuera la dueña que dirigiera y gobernara la casa con autoridad, cuyo símbolo eran las llaves.

Desde su infancia permanecía recluida en casa y tenía que vivir lejos de las miradas de los hombres incluso de los de su familia. Su educación estaba siempre al cargo de una mujer y lo único que aprendía eran actividades “propias de su sexo”, como cocinar, bordar, tejer la lana, etc. Algunas más afortunadas, algo de música, lectura, etc.

Se casaba a edad muy temprana y era su dueño o tutor quien elegía el marido. El fin primordial del matrimonio era el de tener hijos. Una vez casada, la mujer pasaba a ocupar los lugares destinados a ella, el gineceo, de donde casi nunca salía y cuando lo hacía era en compañía de una esclava. Las de clase más humilde tenían, en este aspecto, una ventaja sobre las de las clases más altas, ya que al no disponer de esclavos o esclavas que les hicieran la compra, ir a buscar agua (entonces no había agua corriente) o cualquier otro trabajo, eran ellas mismas las que tenían que salir para hacerlo (y de paso echar una charradita con las vecinas).

Únicamente podían salir de casa en los acontecimientos familiares y en las fiestas religiosas. No podían asistir a los juegos públicos pero sí al teatro. Vivía totalmente alejada de la vida social de su marido e incluso cuando éste invitaba a sus amigos a su casa, la mujer no solía aparecer por la sala del banquete.

Tras las guerras del Peloponeso (432-404 a.C.) la situación de la mujer ateniense mejoró bastante y las costumbres se hicieron más libres, a imitación de las mujeres espartanas.

En Roma se casaba a edad muy temprana (contrariamente al hombre, sobre todo en la época del Imperio, que solía hacerlo rondando los 30 años, por lo que había una notable diferencia de edad entre marido y mujer) y en la mayoría de los casos el matrimonio estaba concertado por sus padres. Una vez casada colaboraba activamente en la dirección de la casa.

El matrimonio podía ser, fudamentalmente de dos formas:

- En el matrimonio “cum manu” la esposa dejaba su unidad familiar y la potestas del padre para pasar a la de su esposo. La dote y las propiedades de la esposa pertenecían por completo al esposo.

-En el matrimonio “sine manu”, por el contrario, la mujer pertenecía a la familia y “potestas” del padre, además participaba en el régimen de propiedad de su familia natal. El esposo no tenía ningún derecho sobre la mujer (lo tenía el padre), pero tampoco tenía ninguna obligación, ni siquiera de mantenerla. La mujer tenía, pues, notable independencia jurídica sobre su esposo (aunque en la práctica no lo fuera tanto). Este tipo de matrimonio fue el que se impuso finalmente por lo que, al menos teóricamente, se avanzó hacia la igualdad en la situación legal y social de hombres y mujeres al desaparecer la tutela del marido sobre la esposa. No cambió, sin embargo, el papel fundamental de la mujer dentro del matrimonio, y que fue, como ya sabemos, excepto muy pocas excepciones, el de llevar las tareas del hogar, a diferencia del marido que era quien trabajaba fuera de casa.

Con el tiempo, afortunadamente pues, se fueron equiparando los derechos del esposo y la esposa hasta llegar a ser no una, sino dos entidades económicas distintas y gozar la mujer de independencia jurídica completa en lo concerniente a tener propiedades tras la muerte de su padre.En la Edad Media se cambió, pues era inaceptable para entonces la falta de autoridad del esposo sobre su mujer.

La mujer romana, casada o no, permanecía siempre bajo la tutela de un varón: su padre, su marido o cualquier familiar (hermano, tío, etc.) cuando, divorciada, volvía al hogar del padre si éste había muerto.

Solía participar con su marido en las obligaciones que la vida social les exigía. Compartía con su marido la autoridad sobre los hijos y lo sirvientes y aconsejaba a su marido en todo. Las mujeres de familia rica tenían más libertad de movimientos: salían de casa libremente y podía asistir a reuniones y banquetes en los que, en los primeros tiempos de la República debía permanecer sentada, a diferencia de los hombres que estaban recostados. Tampoco podían beber vino seco, sino que sólo podían beber una mezcla de vino con miel llamada mulsum. Podría decirse que el grado de libertad de que gozaba una mujer estaba en relación directa con su riqueza y con su categoría social: las mujeres pudientes tenían bastante independencia, sobre todo si eran viudas. Las esposas de los emperadores y senadores solían ejercer mucha influencia desde la sombra. En el otro extremo de la escala social, muchísimas mujeres eran esclavas, en una gradación que iba desde las doncellas hasta las mozas de labranza.

En un principio no podía asistir a los espectáculos públicos. Con el tiempo pudo hacerlo, incluso participar en ellos.

La mujer alcanzó a partir del S. I una emancipación que podríamos llamar completa en algunos aspectos de la vida. Pero hay muchos campos que le siguieron vedados:

En el campo jurídico tenía prohibido ser juez, abogado, etc. Incluso legalmente le estaba prohibido ser banquera. Podían dedicarse a varias profesiones (se sabe de una mujer que fabricaba lámparas), como peluqueras profesionales, comadronas, dueñas de tiendas, etc. , pero no era frecuente que lo hicieran ni tampoco eran muchas las profesiones a las que podían acceder.

En el religioso únicamente tenía acceso al cargo de vestal, sacerdotisa encargada de mantener vivo el fuego de la diosa Venus, diosa del hogar.

En el terreno político la mujer no poseyó ninguna clase de derechos. Los autores clásicos siempre recurren al mismo argumento para justificar esta discriminación: infirmitas feminarum (debilidad de las mujeres).

Con todo, y sin que fuera una situación ideal, la diferencia de la situación de la mujer en Grecia y en Roma es grande y siempre a favor de la mujer romana: no permanecía como aquella en el gineceo sino que acompañaba a su marido, se le cedía el paso en la calle, no se le podía tocar ni citándola a justicia, asistía a banquetes y espectáculos, etc. etc.

Se ha escrito mucho de la mujer romana y de sus costumbres (sobre todo de sus vicios). Más adelante veremos varios ejemplos, pero, ante esto debemos tener en cuenta dos cosas: 1º que no todas las mujeres de Roma podían llevar (aunque lo hubieran querido) una vida licenciosa , de orgía y desenfreno, de “marcha total” y con un amante cada día, y 2º que la historia nos ha dado a conocer la vida precisamente de esas mujeres y no la historia callada, abnegada y familiar de las madres humildes como las nuestras. Sería como comparar la vida de nuestras madres, de las mujeres de nuestros pueblos y la vida de las mujeres de la “yet” de Marbella. Con todo, leyendo los relatos de la historia de Roma que han llegado hasta nosotros uno se queda con la impresión de que la mujer romana no era una mujer vulgar, ni mucho menos. Era una mujer de gran temperamento, fuerte, “de armas tomar”, capaz de lo mejor y de lo peor, capaz de participar en intrigas, de gobernar el Imperio desde la sombra, de cometer o mandar cometer asesinatos, envenenamientos, capaz de perpetrar incesto y de contar sus amantes por docenas (como Mesalina, Agripina, Popea o tantas otras) y por otra capaz, como veremos de protagonizar actos de una valentía o actos de una sensibilidad fuera de lo común.

A nivel general se puede decir que la situación y forma de vivir de la mujer en Roma cambia radicalmente de los primeros años de la República a los del Imperio. A medida que va tomando más importancia para el pueblo romano las riquezas y el placer, se pasa de una vida familiar, austera, de trabajo en casa y de fidelidad al marido a una vida disipada, de búsqueda del placer y de los escándalos, del adulterio, crímenes, abortos voluntarios, envenenamientos, ventas de criaturas, etc. etc. El texto que pongo a continuación de Séneca (famoso filósofo, preceptor y ministro de Nerón, nacido en Hispania, en Corduba concretamente) nos da una idea de la situación a que se había llegado en lo referente a la relajación costumbres en materia sexual:

“¿Es que hay todavía alguna mujer que se avergüence al ser repudiada, después de que algunas damas, de linaje noble e ilustre, cuentan sus años no por el número de los cónsules sino por el de sus maridos, y se divorcian para casarse y se casan para divorciarse? Eso infundía respeto mientras era cosa rara; más tarde, como no había página en las actas (del senado, de los sacerdocios y colegios) sin un divorcio, aprendieron a hacer lo que no cesaban de oír. ¿Hay ya vergüenza alguna en cometer adulterio, una vez que se ha llegado al extremo de que ninguna mujer tenga marido sino para excitar al adúltero? La castidad hay día es prueba de pusilanimidad. ¿Qué mujer encontrarás tan miserable y consumida que se contente con un par de adúlteros, y que no les divida las horas del día? Y no basta un día para todos, si no se ha hecho conducir en litera con uno y ha pasado la noche con otro. Es vulgar y anticuada la que no sabe que el matrimonio es vivir con un adúltero.”

 

Comparando una época y otra, el poeta Juvenal, que vivió a finales del S. I. d.C. y principios del S. II. d. C., escribió:

“En la época heroica, Alcestes dio la vida por su esposo. Si las mujeres de nuestro tiempo tuvieran que escoger entre su marido y su perrito faldero, sacrificarían, sin duda, al esposo.”

 

Ejemplos de signo totalmente contrario y de una fuerza emotiva tremenda también los encontramos en abundancia y a lo largo de toda la historia de Roma. Como ejemplo os pongo otros dos. Uno de los más conocidos es el de una mujer, Arria. Su marido, Paetus, y su hijo estaban enfermos y al parecer los dos deshauciados. Un día el joven murió. Estaba dotado de una gran belleza y de una pureza espiritual no común, por lo que sus padres lo querían mucho más por sus virtudes que por el solo hecho de ser su hijo. Arria preparó los funerales de su hijo y condujo el cortejo fúnebre de manera que su marido no se enterara de nada. Al entrar en la habitación de Paetus, fingía que su hijo aún vivía, que se encontraba mejor; y como el padre le pidiera frecuentemente noticias, ella le respondía: “Ha descandado bien y ha comido con apetito”. Y dicho esto, luchando por contener el llanto tanto tiempo ahogado, salía de su habitación y se abandonaba a su dolor. Una vez se hartaba de llorar, se secaba los ojos, se recomponía el rostro y volvía a entrar, dejando, por decirlo de algún modo, su dolor en la puerta. Con este esfuerzo sobrehumano, Arria pudo salvar a su marido de la enfermedad que le había arrebatado a su hijo. Arria siguió a su marido a todos los sitios donde éste tuvo que ir debido a su dedicación, la política. Al cabo de unos años su marido fue condenado a muerte por el emperador Claudio. Para evitar una muerte indigna del marido a quien tanto amaba, ella cogió un puñal en las manos, se lo clavó en el pecho, y sacándolo, se lo ofreció a su marido animándole: “Paetus, no hace daño”, y ambos cayeron muertos abrazados.

El otro ejemplo lo tenemos en la elegía 11 del libro 3º de Propercio. En ella una difunta, de la orgullosa familia de los Cornelios, habla a Paulo, su esposo superviviente, rogándole que no llore por ella, puesto que de nada sirve a sus cenizas, que caben en el hueco de una mano, ni el llanto ni el noble linaje. La esposa le ruega que haga constar en el epitafio que ha sido la mujer de un solo hombre (univira), al que consagró toda su vida, desde que brillaron las antorchas de sus bodas hasta las de sus funerales, y ha formado con su esposo en vida una unidad sin quiebra ni tacha. El mismo César Augusto lloró junto a su sepulcro. Anima a su hija a que siga su ejemplo, queriendo solamente a un hombre. Y, dirigiéndose a su esposo, le ruega sea padre y madre para sus hijos; que ponga sus besos en cada abrazo que les dé, y que cuando sienta dolor, lo domine, y se acerque a sus niños con las mejillas secas. Si recibiera en casa una nueva esposa, recomienda a sus hijos que la acepten sin alabar demasiado a su madre difunta, para que sus palabras ingenuas no hieran a la madrastra. Pero si vuestro padre se contenta con el recuerdo y, sólo con él, hace frente a la vejez, entonces aprended a consolarlo y no permitáis que ninguna preocupación se acerque a su corazón solitario. Quiero que los años que me son robados a mí sean añadidos a vosotros para que vuestro padre pueda envejecer rodeado de sus hijos”.

 

Bonito ¿no?. Pues…..Fin.

Aunque la literatura griega está llena de heroínas: Antígona, que desobedeciendo órdenes, dio sepultura a su hermano Orestes; Penélope, la esposa fiel de Ulises que durante más de 20 años esperó su regreso; Alcestes, que ofreció su vida para salvar la de su esposo, etc. etc., la situación de la mujer en la vida real era muy diferente.

En Esparta, los espartanos criticaban a Licurgo, legislador, por no haber sabido dominar a las mujeres, debido a la excesiva libertad de que, en su opinión gozaban. Las muchachas espartanas practicaban, al igual que los jóvenes, ejercicios gimnásticos y eran las únicas en toda Grecia que podían asistir a los Juegos Olímpicos; en las fiestas de Hora efectuaban carreras en las que se premiaba a la vencedora con una rama de olivo. El trato entre ambos sexos era muy libre y en todas las fiestas participaban las jóvenes con sus cantos, danzas y juegos. Una vez casada, se encargaba del gobierno de la casa, sin quedar recluida en ella, como la ateniense.

En Atenas la mujer carecía de derechos políticos y jurídicos. En estos aspectos su situación era similar a la de un esclavo, aunque fuera la dueña que dirigiera y gobernara la casa con autoridad, cuyo símbolo eran las llaves.

Desde su infancia permanecía recluida en casa y tenía que vivir lejos de las miradas de los hombres incluso de los de su familia. Su educación estaba siempre al cargo de una mujer y lo único que aprendía eran actividades “propias de su sexo”, como cocinar, bordar, tejer la lana, etc. Algunas más afortunadas, algo de música, lectura, etc.

Se casaba a edad muy temprana y era su dueño o tutor quien elegía el marido. El fin primordial del matrimonio era el de tener hijos. Una vez casada, la mujer pasaba a ocupar los lugares destinados a ella, el gineceo, de donde casi nunca salía y cuando lo hacía era en compañía de una esclava. Las de clase más humilde tenían, en este aspecto, una ventaja sobre las de las clases más altas, ya que al no disponer de esclavos o esclavas que les hicieran la compra, ir a buscar agua (entonces no había agua corriente) o cualquier otro trabajo, eran ellas mismas las que tenían que salir para hacerlo (y de paso echar una charradita con las vecinas).

Únicamente podían salir de casa en los acontecimientos familiares y en las fiestas religiosas. No podían asistir a los juegos públicos pero sí al teatro. Vivía totalmente alejada de la vida social de su marido e incluso cuando éste invitaba a sus amigos a su casa, la mujer no solía aparecer por la sala del banquete.

Tras las guerras del Peloponeso (432-404 a.C.) la situación de la mujer ateniense mejoró bastante y las costumbres se hicieron más libres, a imitación de las mujeres espartanas.

En Roma se casaba a edad muy temprana (contrariamente al hombre, sobre todo en la época del Imperio, que solía hacerlo rondando los 30 años, por lo que había una notable diferencia de edad entre marido y mujer) y en la mayoría de los casos el matrimonio estaba concertado por sus padres. Una vez casada colaboraba activamente en la dirección de la casa.

El matrimonio podía ser, fudamentalmente de dos formas:

- En el matrimonio “cum manu” la esposa dejaba su unidad familiar y la potestas del padre para pasar a la de su esposo. La dote y las propiedades de la esposa pertenecían por completo al esposo.

-En el matrimonio “sine manu”, por el contrario, la mujer pertenecía a la familia y “potestas” del padre, además participaba en el régimen de propiedad de su familia natal. El esposo no tenía ningún derecho sobre la mujer (lo tenía el padre), pero tampoco tenía ninguna obligación, ni siquiera de mantenerla. La mujer tenía, pues, notable independencia jurídica sobre su esposo (aunque en la práctica no lo fuera tanto). Este tipo de matrimonio fue el que se impuso finalmente por lo que, al menos teóricamente, se avanzó hacia la igualdad en la situación legal y social de hombres y mujeres al desaparecer la tutela del marido sobre la esposa. No cambió, sin embargo, el papel fundamental de la mujer dentro del matrimonio, y que fue, como ya sabemos, excepto muy pocas excepciones, el de llevar las tareas del hogar, a diferencia del marido que era quien trabajaba fuera de casa.

Con el tiempo, afortunadamente pues, se fueron equiparando los derechos del esposo y la esposa hasta llegar a ser no una, sino dos entidades económicas distintas y gozar la mujer de independencia jurídica completa en lo concerniente a tener propiedades tras la muerte de su padre.En la Edad Media se cambió, pues era inaceptable para entonces la falta de autoridad del esposo sobre su mujer.

La mujer romana, casada o no, permanecía siempre bajo la tutela de un varón: su padre, su marido o cualquier familiar (hermano, tío, etc.) cuando, divorciada, volvía al hogar del padre si éste había muerto.

Solía participar con su marido en las obligaciones que la vida social les exigía. Compartía con su marido la autoridad sobre los hijos y lo sirvientes y aconsejaba a su marido en todo. Las mujeres de familia rica tenían más libertad de movimientos: salían de casa libremente y podía asistir a reuniones y banquetes en los que, en los primeros tiempos de la República debía permanecer sentada, a diferencia de los hombres que estaban recostados. Tampoco podían beber vino seco, sino que sólo podían beber una mezcla de vino con miel llamada mulsum. Podría decirse que el grado de libertad de que gozaba una mujer estaba en relación directa con su riqueza y con su categoría social: las mujeres pudientes tenían bastante independencia, sobre todo si eran viudas. Las esposas de los emperadores y senadores solían ejercer mucha influencia desde la sombra. En el otro extremo de la escala social, muchísimas mujeres eran esclavas, en una gradación que iba desde las doncellas hasta las mozas de labranza.

En un principio no podía asistir a los espectáculos públicos. Con el tiempo pudo hacerlo, incluso participar en ellos.

La mujer alcanzó a partir del S. I una emancipación que podríamos llamar completa en algunos aspectos de la vida. Pero hay muchos campos que le siguieron vedados:

En el campo jurídico tenía prohibido ser juez, abogado, etc. Incluso legalmente le estaba prohibido ser banquera. Podían dedicarse a varias profesiones (se sabe de una mujer que fabricaba lámparas), como peluqueras profesionales, comadronas, dueñas de tiendas, etc. , pero no era frecuente que lo hicieran ni tampoco eran muchas las profesiones a las que podían acceder.

En el religioso únicamente tenía acceso al cargo de vestal, sacerdotisa encargada de mantener vivo el fuego de la diosa Venus, diosa del hogar.

En el terreno político la mujer no poseyó ninguna clase de derechos. Los autores clásicos siempre recurren al mismo argumento para justificar esta discriminación: infirmitas feminarum (debilidad de las mujeres).

Con todo, y sin que fuera una situación ideal, la diferencia de la situación de la mujer en Grecia y en Roma es grande y siempre a favor de la mujer romana: no permanecía como aquella en el gineceo sino que acompañaba a su marido, se le cedía el paso en la calle, no se le podía tocar ni citándola a justicia, asistía a banquetes y espectáculos, etc. etc.

Se ha escrito mucho de la mujer romana y de sus costumbres (sobre todo de sus vicios). Más adelante veremos varios ejemplos, pero, ante esto debemos tener en cuenta dos cosas: 1º que no todas las mujeres de Roma podían llevar (aunque lo hubieran querido) una vida licenciosa , de orgía y desenfreno, de “marcha total” y con un amante cada día, y 2º que la historia nos ha dado a conocer la vida precisamente de esas mujeres y no la historia callada, abnegada y familiar de las madres humildes como las nuestras. Sería como comparar la vida de nuestras madres, de las mujeres de nuestros pueblos y la vida de las mujeres de la “yet” de Marbella. Con todo, leyendo los relatos de la historia de Roma que han llegado hasta nosotros uno se queda con la impresión de que la mujer romana no era una mujer vulgar, ni mucho menos. Era una mujer de gran temperamento, fuerte, “de armas tomar”, capaz de lo mejor y de lo peor, capaz de participar en intrigas, de gobernar el Imperio desde la sombra, de cometer o mandar cometer asesinatos, envenenamientos, capaz de perpetrar incesto y de contar sus amantes por docenas (como Mesalina, Agripina, Popea o tantas otras) y por otra capaz, como veremos de protagonizar actos de una valentía o actos de una sensibilidad fuera de lo común.

A nivel general se puede decir que la situación y forma de vivir de la mujer en Roma cambia radicalmente de los primeros años de la República a los del Imperio. A medida que va tomando más importancia para el pueblo romano las riquezas y el placer, se pasa de una vida familiar, austera, de trabajo en casa y de fidelidad al marido a una vida disipada, de búsqueda del placer y de los escándalos, del adulterio, crímenes, abortos voluntarios, envenenamientos, ventas de criaturas, etc. etc. El texto que pongo a continuación de Séneca (famoso filósofo, preceptor y ministro de Nerón, nacido en Hispania, en Corduba concretamente) nos da una idea de la situación a que se había llegado en lo referente a la relajación costumbres en materia sexual:

“¿Es que hay todavía alguna mujer que se avergüence al ser repudiada, después de que algunas damas, de linaje noble e ilustre, cuentan sus años no por el número de los cónsules sino por el de sus maridos, y se divorcian para casarse y se casan para divorciarse? Eso infundía respeto mientras era cosa rara; más tarde, como no había página en las actas (del senado, de los sacerdocios y colegios) sin un divorcio, aprendieron a hacer lo que no cesaban de oír. ¿Hay ya vergüenza alguna en cometer adulterio, una vez que se ha llegado al extremo de que ninguna mujer tenga marido sino para excitar al adúltero? La castidad hay día es prueba de pusilanimidad. ¿Qué mujer encontrarás tan miserable y consumida que se contente con un par de adúlteros, y que no les divida las horas del día? Y no basta un día para todos, si no se ha hecho conducir en litera con uno y ha pasado la noche con otro. Es vulgar y anticuada la que no sabe que el matrimonio es vivir con un adúltero.”

 

Comparando una época y otra, el poeta Juvenal, que vivió a finales del S. I. d.C. y principios del S. II. d. C., escribió:

“En la época heroica, Alcestes dio la vida por su esposo. Si las mujeres de nuestro tiempo tuvieran que escoger entre su marido y su perrito faldero, sacrificarían, sin duda, al esposo.”

 

Ejemplos de signo totalmente contrario y de una fuerza emotiva tremenda también los encontramos en abundancia y a lo largo de toda la historia de Roma. Como ejemplo os pongo otros dos. Uno de los más conocidos es el de una mujer, Arria. Su marido, Paetus, y su hijo estaban enfermos y al parecer los dos deshauciados. Un día el joven murió. Estaba dotado de una gran belleza y de una pureza espiritual no común, por lo que sus padres lo querían mucho más por sus virtudes que por el solo hecho de ser su hijo. Arria preparó los funerales de su hijo y condujo el cortejo fúnebre de manera que su marido no se enterara de nada. Al entrar en la habitación de Paetus, fingía que su hijo aún vivía, que se encontraba mejor; y como el padre le pidiera frecuentemente noticias, ella le respondía: “Ha descandado bien y ha comido con apetito”. Y dicho esto, luchando por contener el llanto tanto tiempo ahogado, salía de su habitación y se abandonaba a su dolor. Una vez se hartaba de llorar, se secaba los ojos, se recomponía el rostro y volvía a entrar, dejando, por decirlo de algún modo, su dolor en la puerta. Con este esfuerzo sobrehumano, Arria pudo salvar a su marido de la enfermedad que le había arrebatado a su hijo. Arria siguió a su marido a todos los sitios donde éste tuvo que ir debido a su dedicación, la política. Al cabo de unos años su marido fue condenado a muerte por el emperador Claudio. Para evitar una muerte indigna del marido a quien tanto amaba, ella cogió un puñal en las manos, se lo clavó en el pecho, y sacándolo, se lo ofreció a su marido animándole: “Paetus, no hace daño”, y ambos cayeron muertos abrazados.

El otro ejemplo lo tenemos en la elegía 11 del libro 3º de Propercio. En ella una difunta, de la orgullosa familia de los Cornelios, habla a Paulo, su esposo superviviente, rogándole que no llore por ella, puesto que de nada sirve a sus cenizas, que caben en el hueco de una mano, ni el llanto ni el noble linaje. La esposa le ruega que haga constar en el epitafio que ha sido la mujer de un solo hombre (univira), al que consagró toda su vida, desde que brillaron las antorchas de sus bodas hasta las de sus funerales, y ha formado con su esposo en vida una unidad sin quiebra ni tacha. El mismo César Augusto lloró junto a su sepulcro. Anima a su hija a que siga su ejemplo, queriendo solamente a un hombre. Y, dirigiéndose a su esposo, le ruega sea padre y madre para sus hijos; que ponga sus besos en cada abrazo que les dé, y que cuando sienta dolor, lo domine, y se acerque a sus niños con las mejillas secas. Si recibiera en casa una nueva esposa, recomienda a sus hijos que la acepten sin alabar demasiado a su madre difunta, para que sus palabras ingenuas no hieran a la madrastra. Pero si vuestro padre se contenta con el recuerdo y, sólo con él, hace frente a la vejez, entonces aprended a consolarlo y no permitáis que ninguna preocupación se acerque a su corazón solitario. Quiero que los años que me son robados a mí sean añadidos a vosotros para que vuestro padre pueda envejecer rodeado de sus hijos”.

 

Bonito ¿no?. Pues…..Fin.

Febrero 20, 2007

RERUM NOVARUM.

Archivado en: General. Introducción — latinbj @ 4:03 pm

Haec nova via communicationis apellata “internet” portat in suo propio nomine latinam praepositionem quae significationem huic recentioni nomini dat: “inter”. “Internet” unam viam communicationis citam, mundam e efficacem indicat inter personas qui adesse possunt in una et altera parte orbis terrae.

Afferamus ex huius prodigii usu utilitatem, humanae mentis fructus.

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